Cibercultura

¿Quién le hizo la campaña a Trump?

Luís Ángel Fernández Hermana - @luisangelfh
2 diciembre, 2016
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Los sectores de las ciencias sociales, ciencias políticas, comunicación o periodismo, sobre todo de EEUU, entre otros, lo cual no cubre tan solo a universidades e instituciones similares, sino también a una pléyade de empresas, think-tanks, gallups de todo tipo y color e industrias dedicadas a exprimir o averiguar los gustos del personal, deben estar de parabienes con el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Investigar qué ha sucedido en las últimas elecciones estadounidenses abrirá muchas arcas y llenará no pocas estanterías de librerías digitales y de las otras. Por lo pronto, con las pisadas aún calientes de quienes protestaban en las calles de algunas ciudades norteamericanas, ya tuvo que salir a la palestra Mr. MZ, dueño de FB, a defender a su empresa de acusaciones inauditas, como las de permitir la circulación de informaciones tendenciosas, mentirosas o laudatorias de Trump (lo cual es prácticamente lo mismo) en su plataforma de comunicación gratuita habitada, según él, por más de mil millones de personas. Más inaudito todavía, dice que va a tratar de solucionarlo. Curiosamente, nadie se rió en la audiencia.

Bien, como cada uno le va a poner hilo a su aguja, aquí van algunas ideas a ver cómo las tratan el aluvión de papers que se nos viene encima. La primera y fundamental: los usuarios de Internet más activos y más opuestos a Trump han jugado un papel fundamental en su victoria electoral. Por decirlo de manera directa: le han hecho la campaña a Trump. A pesar de su furia internauta, todavía no saben que en Internet nadie sabe para quien trabaja. No creo que mediten mucho sobre ello. En pocas palabras, no saben lo que han hecho. Como se demostrará en los próximos meses a medida que las sesudas investigaciones vean la luz, esto apunta a uno de esos cambios denominados de época. No será fácil cambiar este cambio.

¿De qué hablamos? Sigue siendo sorprendente (es mentira, pero vale para fijar la atención en lo que sigue) que, viviendo en la época que vivimos, tanta, tantísima gente, vamos, millones de personas, desde expertos expertísimos a simples peatones digitales de dulce abducción-móvil, sin excluir, lógicamente, a todos, prácticamente todos los medios de comunicación, los cuales deberían saber algo más al respecto, le hayan hecho la campaña a Trump, encima, gratis, y sólo moviendo uno, dos o tres dedos como máximo. Millones de personas, repentinamente convertidas en supuestos y avezados expertos en RRPP y marketing, desde el marketing más pedestre y zafio hasta el denominado neuronal, no han llegado más allá de expresar sus “creencias” personales, a borbotones, ante las barbaridades de Trump. Pero lo han hecho en el patio abierto de la Red. Sin advertir, desde luego, que en ese patio abierto publicas lo que quieras, y a veces, según las circunstancias, comunicas, es decir, alguien te manda una señal de de vuelta reconociendo que existes.

Este circo cautivo y sin precedentes, por la escala y por la indiferencia a los resultados, podríamos decir, sin nigún estudio que lo avale, que ha obtenido un buen montón de votos a favor del candidato entre los no convencidos de las bondades de Trump. Insisto: No hay parangón con ninguna otra época, ni siquiera con el baboseo dedicado a la destreza de los equipos de Obama en el uso de Internet con fines electorales. Aquello apenas fue un juego de marcianitos.

El precipitado de este apunte lo puedo centrar en EEUU, o en cualquier otra parte del planeta, para algo tiene que servir la globalización. La revista Time Magazine, por ejemplo, en su número dedicado a las elecciones en septiembre de 2016, incluía un faldón sobre los programas tipo talk-show, cada uno de ellos dirigido por actores o comediantes muy populares. A partir de las 19:30 hasta las 22, suelen copar la audiencia audiovisual del país. Todos, sin excepción, hasta los de derecha, en todos sus programas, fueran diarios o semanales, se rieron abiertamente de Trump, lo imitaron, se burlaron de él, le sacaron punta a sus espectaculares propuestas, trajeron a ilustres de todo el abanico socio-sexual imaginable para ridiculizarlo…

Impresionante campaña de marketing y de RRPP, tipo Helenio Herrera: Lo importante es que hablen de mi, aunque sea mal. Eso de la élite periodística -aparte de la política, cultural, etc.- en este caso no era una metáfora o una exageración. Concepto que, por cierto, salió a relucir constantemente en los excelentes reportajes de la revista New Yorker Magazine, los cuales solían empezar en poblaciones de apenas 2.000 habitantes y después extendían las respuestas obtenidas a ciudades arriba de los 100.000 habitantes, donde cada vez más se repetía la misma cantinela: Me parece que voy a votar a Trump.

¿Dónde estás mirando?

¿Dónde estás mirando? ¿Qué mensajes prefieres?

Todos, claro, veían TV. Todos veían cómo corría esa tirita danzarina por la parte inferior de la pantalla donde el país, todo el país, se reía de las excentricidades de Trump, pero que para ellos, podríamos pensar, era lo que cimentaba un voto que todavía era también danzarín, ya fuera de tradicional extracción republicana o de dudosa adscripción demócrata.

Vamos con los medios de comunicación. Para ser buen periodista bastan, en principio, dos principios aplicados a rajatabla: a) publica todo lo que sabes de una historia y b) contrasta y verifica cada elemento de la información que compone tu historia. En EEUU y en otros países, pero sobre todo en EEUU, han inventado el editor fact-checking, comprobador de los datos de las noticias, por si acaso al periodista se le ha escapado algo. Lleva años funcionando como parte integral de las redacciones. Una y mil veces hemos escuchado que esa es la diferencia entre los medios de comunicación serios, comme il faut, y el resto de la humanidad, conectada o no, lectora o no. ¿Qué ha pasado entonces? Porque tanto en inglés, como en castellano o en francés o en cualquier otra lengua, vemos una y otra vez noticias, reportajes, editoriales o artículos donde el principal o complementario aporte de la historia es algo no comprobable, indeterminado, desconocido, tan sólo cuantificable, y ni siquiera en casi todos los casos: lo viral, es decir, lo que ha tenido un gran éxito en las redes sociales, virtuales, y se ha constituido en una “opinión o noticia operativa”.

Muy bien. ¿Se puede comprobar? ¿Se puede comprobar quiénes son esos periodistas improvisados que repiten una y otra vez, ya sea en TW o en FB o en YT, una información, o su parecer sobre ella, o su percepción, o su emoción o lo que sea? Pues si no lo puedes comprobar, no lo publiques. No hablamos de una manifestación que puedes recorrer, hablar con los manifestantes o dispersarte con ellos si es atacada por discrepantes o la policía. No. Estamos hablando de miles o millones de voces de las que no solo no puedes comprobar su competencia o su experiencia en el campo de la información de que se trate, algo que supuestamente es lo que defiendes para pulir la calidad de tu profesión periodística, Si, ya sé, después vendrán los ejercicios de confesión pública hipócrita: “Esto no puede seguir así”.

Pero si algo tan sencillo como decidir si fundamento mi historia periodística en ese revoltijo donde es imposible verificar la calidad, la profesionalidad y la comprensión de la historia que apoyan, si algo así les resulta imposible a medios con grandes recursos, como TNYT, TWP, EP, LF, LR, etc., ¿nos podría explicar MZ, dueño de FB, cómo conseguirá que ese paraíso de arroyos de leche y miel que han perseguido todos los medios de comunicación desde la época de Herodoto, que las historias no sean burdas deformaciones sino que se parezcan, lo más aproximadamente posible, a lo que sucede? Sabemos que no lo conseguirá, otra historia es que nos lo creamos, como le conviene a muchas empresas e instituciones para despegarse esa sustancia contaminante de los hombros.

En síntesis, tanto los horrorizados como los divertidos por las aparentes excentricidades de Trump, han participado activamente en su victoria. Difícil saber, por ahora, en qué y cuantas partes del pastel han intervenido. Los talk-shows se ensañaron con el candidato TODAS LAS NOCHES prácticamente desde el inicio de la campaña. Total, no iba a llegar a ninguna parte. El personaje daba para eso y más. Los tontitos (con perdón, lo digo solo con ánimo de ofender) no tenían dedos suficientes para repetir, TODAS LAS NOCHES Y TODO EL DÍA, adobado con toques personales, lo más llamativo en YT, TW, FB, blogs personales, etc… Ese es el mundo en el que vivimos. Y va a ser difícil aprender a discriminar, seleccionar, valorar, etc., porque hay miles de millones de dólares pegados a cada idiotez o insensatez que se publica en las plataformas de comunicación gratuitas.

Lo cual desemboca en un corredor por ahora más bien estrecho: tenemos que aprender a publicar (una dirección, la del que publica hacia el mundo) con las complejas responsabilidades que conlleva, y tenemos que aprender a comunicar (información procedente de múltiples direcciones, para decidir qué escoger, qué leer, qué ver y, según el caso, cómo devolverlo), lo cual conlleva responsabilidades y la aplicación de criterios diferentes. ¿Cuánto tardaremos en incorporar algo así a la vida cotidiana en periodos en los que somos electores, estudiantes, profesionales, ciudadanos, ociosos, etc… sobre todo en esos procesos que permiten decidir la composición de organizaciones que nos afectan directa o indirectamente? Es una cuestión de aprendizaje, aprender qué es información, qué responsabilidades hay que asumir cuando los círculos emisores de oyentes y de respondedores se extienden más allá de lo que vemos, más allá de lo que percibimos e imaginamos (a fin de cuentas eso es Internet, eso es lo global) y qué cómo es, por tanto, la sociedad en la que vivimos, qué desafíos nos plantea y qué destrezas y competencias necesitamos para afrontarlos.

Lo más complicado de todo esto es que, precisamente en nombre de la democracia, como hemos comprobado en EEUU, esto apunta a que irá a peor hasta que entendamos que hay que cambiar lo que se enseña y que debemos hacerlo en marcos jurídicos colectivamente consensuados. ¿Cómo puede ser que los medios de comunicación escritos o audiovisuales, los gobiernos, las corporaciones, las administraciones públicas, etc., te digan qué pasa en su mundo, que es el tuyo, a partir de lo que seleccionan de TW, YT o FB? ¿Quiénes son los idiotas, como se dice habitualmente, cuando estas plataformas se colocan en el centro de las relaciones sociales? ¿Ellos que siempre tienen algo que ganar, o nosotros que lo aceptamos perdiendo sin cesar?
Ya sé que los resultados de las investigaciones de estas elecciones, que saldrán como chorizos en los próximos meses y años, vendrán acompañadas de recomendaciones para evitar que los trumps que nos acechan vuelvan a hacerse con el poder. Inútil. No es una cuestión de advertencias.

En este cuento navideño de 1996, publicado en la revista electrónica en.red.ando, especulaba sobre el matrimonio entre Internet y el marketing. Eran los inicios de este juego, al que ahora nos prestamos abiertamente con los riesgos que conlleva: Cuento de Navidad (por-venir)

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