El juguete es nuestro

Luís Ángel Fernández Hermana - @luisangelfh
25 abril, 2017
Editorial: 91
Fecha de publicación original: 28 octubre, 1997

Buena o mala invención, no la hizo Villalón

Nos han dejado disfrutar por un rato, pero nos van a quitar el juguete en cualquier momento. A nosotros y a todos, porque dentro de nada se lo van a quedar los ricos y los poderosos. Y los internautas de a pie nos quedaremos con las ganas de seguir jugando o, como máximo, sólo podremos hacerlo con los restos obsoletos del ciberespacio que nos dejen las grandes corporaciones. Con diferentes matices, este es el persistente mensaje que se nos distribuye últimamente desde diferentes centros de reflexión acerca del posible futuro de Internet y la Sociedad de la Información. La teoría de la conspiración, tan extendida en el mundo real, acerca de “los verdaderos propósitos de Internet” o “no puede ser que algo tan bonito sea para todos, más si lo han inventado los militares de EEUU”, parece que gana terreno entre quienes aparentemente deberían saber al hablar desde centros de reflexión prestigiosos. El último, y muy influyente precisamente entre gobiernos, corporaciones e intelectuales, es el Club de Roma, que acaba de finalizar su reunión anual en Washington consagrada en esta ocasión a la sociedad global de la información. El informe final, antes de ser aprobado, fue defendido por Juan Luis Cebrián, consejero delegado del grupo PRISA.

Quien fuera director del periódico madrileño El País argumentó que el riesgo de que la sociedad global de la información concluya en manos de unos cuantos monopolios y oligopolios es real, sobre todo porque las empresas norteamericanas podrían crear corporaciones transnacionales capaces de imponerse a los gobiernos nacionales, quienes, para defenderse, se tornarían autocráticos sobre sus propias empresas e individuos (este análisis huele más a coyuntura que a prospectiva). El mensaje de la Unión Europea abunda en estas consideraciones, aunque tiene un ligero perfume doméstico: en la patria de los monopolios de las telecomunicaciones, de las corporaciones públicas de telefonía, se alerta sobre las alianzas entre estos gigantes –ahora públicos, semipúblicos, desrregulados, privados, consolidados o emergentes– que pueden dar al traste con la libertad de que Internet ha gozado hasta ahora.

Según expertos de los diferentes comités europeos que están estudiando la evolución de la Red, la posibilidad de crear redes cerradas y controladas verticalmente está cada vez más cerca. Sobre todo, ahora que el comercio electrónico comienza a convertirse en la gran hidra del ciberespacio.

Bien, para decirlo pronto y simple, no participo de esta opinión. No descarto que la tentación del gueto digital exista en las corporaciones transnacionales. De hecho, la experiencia nos indica que inclinaciones de esta índole vienen impresas en el código genético de estas empresas. Sin embargo, no está claro que un genoma de este tipo sea el más adecuado para la sociedad de la información que está emergiendo.

El mensaje del Club de Roma y de los expertos europeos parece tener como referente la equiparación entre Internet y las redes telefónicas que conocemos. Pero, aún así, el mensaje es, cuando menos, confuso. Allí donde ha habido recursos, como en el caso de los países desarrollados, el teléfono ha llegado prácticamente a todo el mundo, a pesar, incluso, de que los teléfonos pudieran jugar un papel subversivo (el señor Hoover es un testimonio vivo –ahora muerto– de que tanta telefonía podía convertir a cualquiera con un gramo de poder en un paranoico de muchos kilos). La tendencia no ha sido diferente ni siquiera en regímenes autocráticos y dictatoriales, como el Chile de Pinochet o la China de las dos (o tres, o cuatro) naciones. La razón es simple: el negocio de las compañías telefónicas no era impedir que la gente tuviera un teléfono (aunque en más de una ocasión se hayan esforzado en transmitir esta sensación), sino todo lo contrario.

El caso de Internet es parecido, pero no igual. Hay una diferencia sustancial entre la red de datos que usamos para comunicarnos y la red telefónica. El negocio de la telefonía consiste en transportar la voz, como su nombre indica. La voz entra por una lado y sale por el otro. No queda nada en el sistema (ni siquiera cuando el “orejas” de turno intercepta una conversación:o la graba inmediatamente o ya no tiene dónde ir a buscarla). Lo mismo sucede cuando se envía un fax. Lo que enriquece a la red de telefonía es sólo la densidad de las conexiones y el tráfico que discurre por ellas como puntos de inicio y de llegada. En Internet, por el contrario, el objetivo no es que se envíe la información por un lado y salga por el otro, sino que se convierta en residente en la Red en cualquiera de los casi 20 millones de ordenadores que constituyen su núcleo central (eran 9,5 millones en el 95 y 5 millones en el 94). Internet es más rica contra mayor sea el volumen de información que se almacena en estos ordenadores.

O sea, su valor depende del número de usuarios que contribuye a esta biblioteca y, por tanto, interactúa con ella (con el resto de usuarios). Volumen de información residente en la Red e interacción, pues, son los dos factores que justifican su existencia. De lo contrario, ¿quién daría dos reales por ella?

Por consiguiente, cualquier idea de “cerrar” la Red va en contra de su operatividad y del negocio de quienes viven de ella. Contra más conectados, más información se almacena, más posibilidades de hacer más cosas, entre ellas el comercio electrónico. Pensar que las corporaciones pueden llegar a “cerrar” Internet es como querer abrir un gigantesco complejo comercial en el centro de la ciudad para mantenerlo cerrado o abierto sólo para los que posean ciertas tarjetas que no se distribuirán nunca.

El discurso sobre las pretensiones controladoras de los centros de poder –que habría que definir en términos mucho más concretos– y sus posibilidades de éxito (se debería estudiar seriamente la política al respecto de Microsoft, que ya está cosechando más fracasos en sus asaltos monopolistas a Internet que la CIA en sus conjuras para asesinar a Fidel Castro: quizá los agentes de entonces son los asesores de hoy de Gates, quién sabe) olvida que son los propios usuarios quienes han enriquecido Internet y la han colocado como el eje vertebral (por ahora) de la Sociedad de la Información. No han sido las corporaciones –ni grandes, ni pequeñas– ni los señores de los grandes medios de comunicación. De lo contrario, no se podría entender que este fin de semana se haya congregado medio millón de mujeres afroamericanas en Filadelfia sin haber realizado prácticamente ninguna convocatoria pública: la voz se pasó de boca a boca y, fundamentalmente, a través de Internet. Yo no vi ninguna mención a esta reunión en la semana previa en The New York Time, el bello web de Microsoft o en el de la CNN (ojo, se me pudo haber escapado, pero si hubiera querido acompañar a estas señoras en sus reivindicaciones no me habría enterado por estas páginas porque la información no era para ellos la más importante).

Cerrar Internet, reducir sensiblemente sus contenidos, mutilar su interactividad y mantener su elevado interés actual se me antoja un golpe de magia digno no ya de los grandes centros de poder, sino del Gran Houdini y el novio de Claudia Schiffer juntos. Si el mundo siguiera siendo igual al que nos llevó hasta la Guerra Fría, la famosa afirmación conspirativa “seguro que hay alguien detrás de Internet y al final harán de nosotros lo que quieran” tendría sentido (que no es lo mismo que sentido común). Pero ni el mundo sigue siendo aquel, ni los que están detrás son los mismos de antes, ni pueden hacer mucho sin negociar con los cientos de miles de usuarios –60 millones ahora– que pululan por Internet. Una negociación que no es, por supuesto, internauta a internauta, sino con el ciudadano polivalente que cada vez posee más recursos a su alcance para hacer sentir sus demandas. Para eso vive en un mundo en red: conectado, interconectado e interactivo.

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