Una historia de dos ciudades

Luís Ángel Fernández Hermana - @luisangelfh
10 enero, 2017
Editorial: 63
Fecha de publicación original: 18 marzo, 1997

Fecha de publicación: 18/3/1997. Editorial 63.

 

En la necesidad se conoce la amistad

El debate sobre el tipo de medio de comunicación en que cuajará Internet, si prevalecerá el “push” (empujar, la información nos la empujan hasta el ordenador a través de agentes automatizados, correo-e u otros mecanismos), el “pull” (tirar, uno mismo tira de la información y la trae hasta el ordenador por medio de navegadores), o un híbrido de los dos, si la cosa estará entre el Pointcast (salvapantallas) o el Marimba (canales), o un cóctel de todo al mismo tiempo, ha cogido viento de cola y se ha extendido por todos los resquicios de la Red. Las nuevas e ingeniosas tecnologías digitales prometen distribuir información de manera intuitiva y depositarla de forma sutil en el disco duro del usuario, su billetera, teléfono móvil, parabrisas del coche (como ya sucede hoy en los aviones de combate) o televisor, ya sea mediante programas residentes en los cables, en los Ordenadores de Red (NC) o en servidores autoinstalados en los ordenadores personales.

¿Estamos ante los primeros pálpitos de otra reinvención de Internet hacia un medio completamente nuevo y revolucionario? ¿Asistimos, casi sin quererlo, a la muerte del web, hasta ahora el omnipresente escaparate del ciberespacio? O, por el contrario, ¿se está produciendo el regreso demoledor de la televisión bajo diferentes fundamentos? El debate calienta los argumentos, sobre todo en EEUU, entre otras cosas porque apunta a la posibilidad de acabar con la imperiosa necesidad de moverse por el planeta digital con navegadores y, por tanto, la batalla más sangrienta jamás anunciada entre Netscape y Microsoft a lo mejor no produce ni una escaramuza con arañazos. Sólo esta posibilidad ya es causa de gran regodeo en los círculos internautas: Guillermo Puertas quizá vuelva a perder pie otra vez en su pretensión de dominar las tecnologías básicas de Internet y de convertir a su Microsoft en el demiurgo de la Red: conmigo, los triunfadores; contra mí, los perdedores.

Ahora bien, cuando en EEUU no se habla de otra cosa, ya se sabe, si allí sopla una brisa, aquí nos resfriamos. La discusión es desde luego muy interesante y, viniendo de donde viene, alcanzará inevitablemente carta de ciudadanía entre nosotros. Pero, me parece que, a pesar de su importancia por ir directamente al corazón de las tecnologías que van a configurar el futuro desarrollo de Internet, en realidad lo que se está debatiendo es otra cosa: qué tipo de ciudad virtual construiremos en la Red y qué relación tendrá ésta con la ciudad en la que vivimos. Desde que apareció el web, lo que hemos estado construyendo en Internet, en mayor o menor medida, son los cimientos de las típicas ciudades norteamericanas. El WWW, cuyo desarrollo y contenido ha estado abrumadoramente en manos de los internautas del otro lado del Atlántico, se ha convertido en un reflejo bastante fiel de las estructuras urbanas de EEUU y de la composición sociológica de su población. Así como físicamente las ciudades se desparraman durante kilómetros en los bordes de las autopistas o carreteras, con el centro comercial como único punto común donde se congrega la actividad comunitaria, así se distribuyen millones de páginas por la carretera de Internet. En ambos casos, la agitada movilidad del mercado laboral estadounidense imprime un carácter indeleble a la configuración urbana y a las actividades de sus habitantes. El desarraigo social y la preocupación por el dólar son las fuerzas motrices más constantes que esculpen la vida cotidiana en el suburbio. Y el suburbio resume el espíritu dominante en el país.

Gracias al poderío de EEUU en el campo de las tecnologías de la información, esta impronta suburbana es también dominante en el web y allí nos hemos instalado a vivir tan campantes. Esto se muestra en la forma como se configuran los servicios en la Red y su fenomenal grado de penetración en sociedades radicalmente diferentes de la de EEUU. La información fluye sin saberse muy bien de dónde viene ni a quién va, ni mucho menos por qué. Hoy podemos navegar por millones de páginas web sin llegar a arañar a las comunidades humana que existen tras ellas. Ni siquiera el idioma es indicativo de donde nos encontramos ante el uso del inglés como el mínimo común denominador de la comunicación. Podríamos estar en EEUU, Alemania, España Japón o Malasia: ante nuestras pantallas brota una información aséptica, en ocasiones interesante, deslocalizada, global, para ser consumida en cualquier rincón del planeta o en ninguna parte, reiterativa porque en el fondo cada uno es un centro de emisión sin ninguna conexión con el vecino.

El ejemplo paradigmático de esta ciudad lo constituye quizá los medios de comunicación, en particular los periódicos digitales. Aparte de un puñado de referencias procedentes a veces de la cabecera, otras de la página donde hemos encontrado la dirección o de un cierto cúmulo de noticias que nos dan la pista sobre su lugar de origen, lo cierto es que en muy pocos de ellos aparece realmente la sociedad que los contiene. Cuando uno va a comprar el periódico al quiosco lo hace envuelto en toda la cultura urbana que le rodea, desde el mismo trazado de las calles, a la vestimenta de la gente, el bar al que uno puede irse a leer un rato el diario, el idioma circundante, en fin, puntos de referencia propios y tangibles. El medio de comunicación, en esas circunstancias, es un puente, otro puente más, que une las orillas de nuestro entorno, lo cual facilita lógicamente la comprensión del contenido del medio en cuestión. Ese entorno no está en Internet. Consultar un periódico en el ciberespacio es igual que consultar 30.000 (algo impensable si uno se acerca a un quiosco). Es como si hubiera pasado el chaval en bicicleta y nos hubiera tirado el ejemplar al umbral de la puerta. Sólo tenemos que abrir la puerta, recogerlo e irnos a leerlo a la cocina. El mundo exterior no existe. Por más sorprendente que parezca, los medios de comunicación, siempre tan atentos a sus lectores, no han logrado inyectar la suficiente imaginación en sus productos como para convertirlos en pedazos vivos de su propia geografía cultural (urbana) y empaparlos con los referentes familiares para los internautas. Sus contenidos aparecen en el mismo entorno despersonalizado del Pointcast, un excelente producto sin duda, pero lo más cercano que se ha llegado hasta ahora al niño de la bicicleta.

A este modelo de ciudad se le va a dar otra vuelta de tuerca con las nuevas tecnologías de distribución de información. Todo apunta a que elevarán los primeros asentamientos del ciberespacio hacia un estadio maduro de sub-urbanización al estilo norteamericano. Frente a este modelo, en Europa aún no ha cuajado nuestra propia visión de la urbe digital. No hemos sido capaces todavía de trasladar el riquísimo tejido de nuestra vida social, cultural y urbana hasta la Red y desplegarlo allí en productos que lo reflejen fielmente. En España (y en América Latina), lógicamente, pasa tres cuartos de lo mismo. Ello no quiere decir que no hayan aparecido iniciativas que apuntan a que, efectivamente, hay otras formas de hacer las cosas. Por ejemplo, Telépolis en Alemania o VilaWeb, aquí en Cataluña. Son los gérmenes de lo que me parece la verdadera discusión sobre la configuración del planeta digital: en qué tipo de ciudad virtual queremos vivir, cuáles serán sus señas de identidad culturales, sociales y urbanas. La historia del ciberespacio será también la historia de sus ciudades. Por ahora, las rasgos más identificables del contorno urbano que está emergiendo pertenecen a la urbe-tipo (perdón por la generalización) de EEUU. Y las nuevas tecnologías que nos anuncian traen bajo el brazo los andamiajes necesarios para proseguir la labor de extender su trazado. De nosotros depende que, con esas mismas herramientas y las que seamos capaces de inventar, logremos edificar una ciudad distinta, más próxima y, a la vez, gracias a sus inconfundibles peculiaridades idiosincráticas, más rica y universal.

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