Números macabros

Luís Ángel Fernández Hermana - @luisangelfh
19 septiembre, 2017
Editorial: 134
Fecha de publicación original: 22 septiembre, 1998

El corazón del codicioso nunca tiene reposo

El 20% de la especie humana consume el 86% de todos los recursos disponibles, según el reciente Informe sobre el Desarrollo Humano que publica periódicamente el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Este brutal desequilibrio entre los que “tienen” y los que “no tienen” se plasma en juegos malabares estadísticos que dibujan una imagen mucho más pornográfica que la de todas las Lewinskys del mundo postradas ante sus respectivos Clinton: los bienes de los 84 individuos más ricos del mundo superan al producto interior bruto de China y sus 1200 millones de habitantes. De hecho, las fortunas de dos de ellos —Bill Gates y Philip Anschutz, de Kansas– haría nadar en la abundancia por el resto de sus días al 19% de la población de EEUU (o a toda el África Subsahariana), que vive por debajo del límite de pobreza. Todo el dinero que la Casa Blanca destina –y destinará– a Internet y la educación jamás tocará al 21% de los estadounidenses, que es funcionalmente analfabeta. Para ellos, vivir en el país más rico del mundo constituye una amarga broma del destino. Su verdadera nación es el Sur, un territorio delimitado por la frontera de la pobreza, la desocupación y una supervivencia sin poder satisfacer las necesidades básicas. Esa nación, según el informe del PNUD, está habitada por más de 1.000 millones de personas. Es un mundo real que plantea un desafío insoslayable para la humanidad cuando nos encontramos a las puertas de la Era de la Información.

El índice del desarrollo humano del PNUD, calculado a partir de tres factores –longevidad, una combinación de la tasa de alfabetización y la de matriculación de alumnos y el producto interior bruto (PIB) real ajustado a la capacidad del poder adquisitivo de cada moneda– muestra una realidad muy alejada de las estadísticas al uso del Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. En los últimos 20 años, el consumo mundial se ha incrementado seis veces, pero la distribución de los recursos no sólo no se ha movido de la fotografía de aquel entonces, sino que se ha concentrado todavía más en esa quinta parte de la población que habita, fundamentalmente, los países ricos. Ella disfruta del 58% de toda la energía producida en el planeta, del 84% de todo el papel, del 87% de todos los vehículos y del 74% de todas las líneas telefónicas: información, servicios y conocimientos corren en paralelo a estas cifras. Por contra, la quinta parte más pobre produce, se calienta y cocina con el 4% de la energía y su participación en cada uno de los otros insumos no supera el 1,5% del total disponible en el planeta.

El informe del PNUD, a diferencia de los del FMI o el BM, no abre las puertas al optimismo: todos los indicadores del desarrollo humano apuntan a un distanciamiento cada vez mayor entre ricos y pobres y a una agudización de las condiciones extremas de la pobreza en una proporción creciente de la población mundial en los últimos 20 o 30 años. El fin de la historia del señor Fukuyama es, en realidad, el fin de la historia para esa parte de la humanidad que no puede acceder a los bienes básicos que garanticen su supervivencia. La globalización de la economía de la mano de la política liberal conducida por los ricos ha aumentado el número de pobres en sus respectivos países, los ha multiplicado en los países en desarrollo y está empujando el medio ambiente al borde del colapso en muchos de sus ecosistemas.

Si Internet puede convertirse en una herramienta poderosa para diseminar información y conocimientos, para transferir experiencias y reparar equilibrios sociales que les resulta claramente indiferentes a los gobiernos y las fuerzas económicas del mundo, el informe del PNUD ofrece un programa de trabajo capaz de orientar una serie de debates impostergables de “amplio espectro”, desde nuestra actitud ante al consumo hasta la política de “nuestras” operadoras de telecomunicación en diferentes partes del planeta, pasando por el papel de la cooperación y la transferencia de los resultados de la investigación hacia los países en desarrollo, por mencionar tan sólo a algunos de los más urgentes en lo inmediato. Aunque no forme parte todavía de los índices del informe, Internet se convertirá, sin duda, en los próximos años, en un factor importante para medir el desarrollo humano, algo que no depende necesariamente de la evolución del comercio electrónico o la explotación económica de la Red. Esto último sería abundar en más de lo mismo y, casi seguramente, con resultados peores cada año.

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