Las orejas del lobo

Luís Ángel Fernández Hermana - @luisangelfh
30 mayo, 2017
Editorial: 102
Fecha de publicación original: 13 enero, 1998

Quien escucha, su mal oye

De la noche a la mañana, la Unión Europea ha descubierto que EEUU posee una extensa y compleja red para espiar a los ciudadanos europeos. Una red electrónica global, capaz de escuchar cada conversación telefónica o interferir cada mensaje de correo electrónico y cada comunicación por télex. Una orejas de tales dimensiones que, ya puestos, no sólo se dedican a escuchar a Europa, sino prácticamente a todo el mundo. En un informe de la UE denominado “Evaluación de Tecnologías para el Control Político”, por primera vez se reconoce la existencia de este entramado para escrutar diariamente “de manera rutinaria e indiscriminada” decenas de miles de conversaciones y mensajes procedentes de todo el mundo. El estudio, encargado por el Comité de Libertades Cívicas del Parlamento Europeo, incluye perlas tales como: “En Europa, todas las comunicaciones por correo electrónico, teléfono y fax son interceptadas rutinariamente por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de EEUU a través del centro crucial de Menwith Hill” en Yorkshire, Gran Bretaña. No son los retazos de los sistemas de espionaje de la Guerra Fría. Se trata de una red diseñada para controlar a “objetivos no militares”: gobiernos (amigos o no), organizaciones, negocios, empresas, individuos, etc., en casi todos los países del orbe. El último nombre que ha recibido este tinglado es el de “Sistema Echelon“.

Ahora bien, nada de esto es nuevo. Está perfectamente documentado, denunciado y reporteado durante los últimos 15 años. Y, en cada ocasión que se ha hecho público, los gobiernos involucrados, en particular el británico o la propia Unión Europea, han silbado mirando para otra parte. Si de repente es la UE la que se toma la molestia de alertarnos, a uno no le queda más remedio que incrementar sus sospechas: ¿Por qué ahora? ¿A santo de qué los eurócratas han decidido revelar su, hasta ahora, discreta y feliz cooperación con los sistemas de escucha de la poderosa NSA, que sólo responde directamente al presidente de EEUU? ¿Dónde y por qué se han oxidado las relaciones entre ambas partes? ¿Tiene Internet algo que ver en todo esto? Al parecer sí y mucho. La batalla por los sistemas de encriptación, cuyos modelos más avanzados EEUU se niega a exportar, parecen estar en el centro de esta disputa. Estos sistemas serían impermeables a las redes de escucha que posee el gobierno estadounidense por todo el globo y cuyo epicentro es Menwith Hill, una base cerca de Harrogate, en Yorkshire. EEUU quiere forzar la mano al resto de gobiernos del mundo para que se utilicen sistemas de encriptación que posean una “puerta” de acceso para sus agencias de seguridad, en particular la CIA, el FBI, el Pentágono y la NSA (esta agencia era secreta hasta hace poco, al punto de que ni siquiera aparecía en el presupuesto anual aprobado por el Congreso. Ahora tiene una página web). Al parecer, alguien en la UE se ha sentido preocupado por las dimensiones de estas operaciones de escucha de comunicaciones personales y comerciales, justo cuando el comercio electrónico está a punto de romper aguas. Lo que pide EEUU, en pocas palabras, es una franquicia para espiar, entre otras cosas, las actividades empresariales a escala mundial y, de paso, de cualquier usuario de la Red. De todas maneras, alguien en la UE también se está pasando de listo al descubrirnos algo que era conocido de sobra por las autoridades de todos los gobiernos europeos.

Espero que el libro de cabecera de los autores del informe mencionado haya sido “The Unsinkable Aircraft Carrier; American Military Power in Britain” (En traducción libre: El portaaviones invencible; Poder militar americano en Gran Bretaña) de Duncan Campbell, publicado por la editorial londinense Michael Joseph en 1984. Campbell, periodista del semanario New Statesman, dedicó seis años a trazar el mapa de la presencia militar de EEUU en su país. Su libro es uno de los mejores trabajos de investigación periodística en Europa desde la segunda guerra mundial. La importancia de sus revelaciones entonces cobran una especial importancia ahora, a la luz no sólo del informe de la UE sino de los cambios introducidos por Internet en el mundo de las comunicaciones.

EEUU comenzó a construir Menwith Hill a mediados de los años cincuenta. A principios de los 60 la base ya era “operativa”. Desde el principio, el complejo estaba conectado a la red de repetidores por microondas del Post Office británico (más tarde, British Telecom). Poco a poco, las redes de transmisores de telecomunicación de toda la isla fueron convergiendo en Menwith Hill y esto incluía los enlaces telefónicos hacia EEUU que indefectiblemente pasaban por Gran Bretaña. De esta manera, la base se convirtió en el mayor centro de escucha de conversaciones “no militares” del mundo. A mediados de los 80, cuando Telefónica tiró un enlace de cable telefónico hacia EEUU, al gobierno socialista se le sugirió que la empresa utilizase la ruta que pasaba por el “interruptor de Menwith Hill“, cosa que hizo diligentemente de acuerdo con la premisa “la OTAN, de entrada no”, pero por teléfono todo lo que quieran.

Lo que nunca imaginaron los arquitectos de estas orejas electrónicas era el maná que estaba a punto de caerles literalmente del cielo. La combinación entre la creciente importancia de las comunicaciones por vía satélite, por una parte, y de Internet, por la otra, revitalizaron este centro de operaciones de la NSA. EEUU había puesto la gran alfombra y el mundo había decidido, todos al unísono, pasear por ella y dejar la impronta del tamaño de sus zapatos, suficientemente para extraer la información necesaria sobre cada uno de los caminantes.

La alfombra eran las antenas más potentes del mundo y ordenadores IBM no comerciales capaces de analizar miles de millones de palabras por segundo y discriminar conjuntos semánticos previamente configurados. El correo electrónico añadía una dimensión de extraordinaria riqueza a este espionaje civil. Por eso EEUU no estaba dispuesto –ni lo está– a permitir la exportación de sistemas de encriptación que prácticamente volverían a la NSA sorda en medio de la gran fiesta de las redes de telecomunicación.

El informe dice que el Parlamento Europeo debe rechazar las propuestas de EEUU para volver accesibles a sus servicios de inteligencia los mensajes que discurren por las redes mundiales de comunicación, como Internet. La tarea no será fácil. La colaboración militar y de inteligencia civil entre EEUU y Gran Bretaña explica en gran medida la política exterior del último país como aliado incondicional del primero en todos y cada uno de los acontecimientos trascendentes desde la Segunda Guerra Mundial. El Parlamento Europeo tendría que demostrar con toda claridad, y de cara al público, cuánto se juega el continente en este envite. Y esto significa, desde luego, abandonar la tentación de sustituir a EEUU en esta labor de escucha y de intervención en las comunicaciones a través de Internet, algo que todavía no se ha declarado de manera explícita por parte de la UE.

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