Educación enredada (*)

Luís Ángel Fernández Hermana - @luisangelfh
9 enero, 2018
Editorial: 165
Fecha de publicación original: 27 abril, 1999

Quién en lo llano tropieza, ¿qué hará en la sierra?

La escuela tiene por misión preparar al individuo para el mundo que le tocará vivir. Hoy constatamos que la correspondencia entre lo que se enseña y ese mundo está en cuestión. Las manifestaciones en este sentido abundan, aunque se nos ofrecen de manera aparentemente deslavazada. Por una parte, la preocupación por llevar Internet a las escuelas comienza a alcanzar un tinte prioritario. Por la otra, se nos dice desde diferentes frentes que los niños tienen dificultades para leer, para expresarse. Por el medio se nos habla del conflicto entre alumnos y maestros. Los primeros, duchos en el arte de manejar chismes electrónicos y adictos a la cultura audiovisual. Los segundos, temerosos de quedarse relegados de la denominada “revolución tecnológica” o de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). De este cocido, en el que hierven muchos más ingredientes, surge una pregunta legítima: ¿hay alguna relación entre el mundo en el que viven alumnos y maestros con el que se enseña en las escuelas?

La respuesta no depende sólo del papel que va a jugar Internet en la educación. Los alumnos que hoy pueblan las escuelas son hijos de un mundo muy peculiar que les plantea necesidades y requerimientos específicos. Pero no encuentran en el sistema educativo los interlocutores capaces de comprender esta nueva dinámica. Aunque ya no se habla de ellas con el mismo ímpetu, las generaciones Nintendo, Sega y otras plataformas de la virtualidad, acunadas por el impacto del audiovisual y los efectos especiales, el cine de acción atemporal, ahistórico y de héroes sin referencias geográficas o sociales, pueblan hoy las aulas para recibir una educación que sin duda les debe sumir en la perplejidad. Ellos están acostumbrados a manejar escenarios donde no existe el pasado, el presente o el futuro, pero los pueden construir a voluntad, descomponerlo y reconfigurarlo con objetivos y contenidos cada vez diferentes. Y lo pueden hacer solos, en compañía, en colaboración, en tiempo diferido o en tiempo real, independientemente de las distancias físicas, las culturas, las lenguas o las creencias.

Ellos viven “off/online”. ¿Dónde se sitúa la escuela? Por ahora, “out of line”, fuera de línea. Frente a la pujanza de un mundo virtual, en el que participamos todos de una u otra manera, la institución educativa progresa por los meandros del número de ordenadores y de conexiones a Internet que será capaz de extraer de la administración, de Gates o de cualquier otro mecenas. Pero la cuestión no estriba en si hacen falta más o menos ordenadores, más o menos conexiones a Internet. O no sólo. El desafío es la emergencia de un mundo virtual cuya lógica –propia y claramente diferenciada de la del mundo real– está modificando los cimientos fundamentales de la educación. Y es el contenido de ésta la que necesita reconfigurarse de acuerdo a la lógica virtual. La barrera que dificulta actualmente la interconexión entre alumnos, maestros, la institución de la educación y los cambios que ocurren en el mundo no se refiere a la información digital –volumen, alcance, calidad, accesibilidad, número de páginas web de cierto tipo, valor de uso, etc. –, sino a nuestra capacidad de inserción en ella.

La lógica virtual degrada la parcelación del conocimiento a ojos vista. Y es sólo el principio. Asignaturas consideradas “cruciales” posiblemente se disolverán en el aire en los próximos años, a pesar de parecernos de una consistencia eterna. En su lugar emergerá la capacidad para integrar transversalmente distintos campos del saber y, de paso, promover el surgimiento de una forma nueva de conocimiento acorde con las características de dicha lógica. Los chavales de hoy han adquirido una habilidad notable para funcionar en entornos virtuales y moverse por ellos con la naturalidad de lo propio. Pero esta habilidad no encuentra una cauce adecuado en la institución escolar. Al contrario: la distancia que separa a estas habilidades de las disciplinas a las que se les concede un alto valor educativo sobre todo por su carga tradicional (“todos hemos aprendido de esta manera”) se la toma como un indicio seguro de “falta de preparación”, “fracaso escolar” o “deficiencias en el sistema educativo”, que deben repararse con más horas lectivas y algunas modificaciones en los contenidos. Esto último, por lo general, se fía milagrosamente a una “mejor preparación del maestro para lidiar con las herramientas informáticas”. Craso error: llenar el aula de ordenadores no garantiza la adquisición de una percepción conceptual diferente del mundo en que vivimos, que es de lo que se trata.

Si esta percepción no se convierte en el motor del cambio, el tránsito hacia la adaptación del sistema educativo a la lógica virtual correrá el riesgo de dispersarse en los aspectos más triviales, por más que se lo adorne con un lenguaje trascendente (“hay que transmitir valores morales” o “el maestro siempre será la guía que buscará el alumno”). Este tránsito implica superar la actual educación centrada en el qué (los contenidos), para alcanzar la educación orientada hacia el cómo (la forma de abordar la información y el conocimiento). Educar en el qué es prepararse para responder. Educar en el cómo es prepararse para preguntar. Y la institución de la educación tiene que formar en las habilidades básicas para formular las preguntas pertinentes: saber buscar, interrogar, navegar, diseñar flujos de información y encontrar soluciones. Lo cual supone, entre otras cosas, adquirir la flexibilidad necesaria para enfrentar lo insólito, lo nuevo, lo desconocido. Aprender a buscar es aprender a proponer alternativas. Es aprender a aprender. Y así, mientras la educación del qué depende del libro, del objeto físico que consagra una determinada parcelación del conocimiento, la educación del cómo depende de redes humanas y telemáticas interconectadas, de entornos colaborativos en escenarios simulados, etc., para alcanzar sus objetivos.

Este es un momento en el que los foros de reflexión sobre la educación deben perder los miedos y no dar respuestas dictadas por la nostalgia. La mejor defensa en este caso no es atacar la “incapacidad” de los ordenadores para satisfacer demandas que nadie propone (“¿sustituirá al maestro?”), cebarse en el analfabetismo digital de los maestros, o la mala calidad o insuficiencia de la información que hay en la Red. Esos son aspectos marginales sometidos a una evolución vertiginosa. Cuando se habla de la información basura (“basura cognitiva”, según algunos) existente en Internet en relación con la educación , tendríamos que decidir primero de qué información se habla: ¿de la que había en la Red en 1989 (tablones electrónicos), en 1991 (sistemas gopher y WAIS para clasificar y buscar información académica), en 1993 (aparición de la WWW), en 1995, en 1999 o en el 2007? ¿Hablamos de información estática y silenciosa o multimedia? ¿Hablamos de información sólo accesible al experto o de la que comienza a llegarnos a través de los electrodomésticos más insólitos? El mundo virtual no es estático, ni propone un escenario duradero como el que sostiene a la educación basada en enseñar a través de los libros. El mundo virtual lo elaboramos sin cesar y hay que aprenderlo (y aprehenderlo) constantemente.

* Guión de la charla pronunciada en “Educnet’99, 1er. Congreso Educación e Internet”. Madrid, 24 de abril de 1999.

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