Las mariposas de la Red

Luís Ángel Fernández Hermana - @luisangelfh
19 junio, 2018
Editorial: 212
Fecha de publicación original: 25 abril, 2000

Un grano no hace granero, pero ayuda a su compañero

Alguien llama a la puerta y aparece una persona desconocida. Y nos dice: “Hola, soy australian@; mi primo fulano de tal viajó hace dos años con una chica que estaba casada con mengano, quien conoce a uno que estudió con zutano, según tengo entendido muy amigo tuyo”. Estás ante dos opciones. O dices: “Vale, pasa, ponte cómod@ y sírvete un whisky”. O, por el contrario, exclamas con cara de mal humor: “No me interesan las enciclopedias” y cierras la puerta. La reacción ante este incidente minúsculo, por el que casi todos hemos pasado alguna vez en ésta o en cualquier otra versión, ya sea por activa o por pasiva (yo, lo reconozco, lo he perpetrado o he sido la “víctima” multitud de veces: es la estela inevitable de miles de kilómetros recorridos en auto-stop) tiene una trascendencia enorme. Para empezar, si decimos sí, pasa y cuéntame tu vida, ni nos imaginamos hasta qué punto abrimos el mundo en canal y, de paso, lo convertimos en un pañuelo. Si decimos no, márchate, tampoco nos hacemos cargo de la cantidad sorprendente de puertas que acabamos de cerrar. Esto suena a sentido común. Pero también es ciencia pura y dura, como ha demostrado Duncan Watts.

Watts, un investigador de EEUU, decidió meterle mano a un dicho muy popular en su país: Cualquiera está a seis apretones de manos del Presidente. ¿Es cierto o sólo se trata de un fórmula popular para manifestar la cercanía real de gente aparentemente inaccesible? ¿Es verdaderamente el mundo un pañuelo o agrandamos en nuestra cabeza las coincidencias más triviales? Watts aplicó a resolver este tipo de cuestiones las matemáticas avanzadas, la supercomputación y todas armas del más moderno arsenal estadístico. Y llegó a la conclusión de que sí, el mundo es un pañuelo cuando lo construimos con cierto tipo de redes. Los resultados de su trabajo se han convertido en seminales en una variedad de campos aparentemente inconexos entre sí, como la psicología social, la biología, la epidemiología, el funcionamiento del cerebro o ese manido concepto de la globalización que, bajo la luz de Watts, adquiere interesantes tonalidades. En el fondo, todo se reduce a saber cómo se construyen y se comportan las redes, sean del tipo que sean. De esto depende, a su vez, en el caso de las redes humanas, cuánto nos acercamos los unos a los otros a través de ellas.

En su libro “Mundos pequeños: la dinámica de las redes entre el orden y el azar” (“Small worlds”, Princeton University Press), Watts explica que partió de una pregunta “simple”: cuál es la verdadera dimensión del mundo desde el punto de vista de la posibilidad de contacto entre sus habitantes. La indagación, por supuesto, derivó rápidamente hacia lo complejo. No resulta fácil fabricar modelos de redes en el laboratorio, ni trasladar los resultados al mundo real para verificar su exactitud. De todas maneras, encontró algunas respuestas sorprendentes que, cual abrelatas, comienzan a abrir algunas áreas del conocimiento hasta ahora dominadas por la intuición o por correlaciones estadísticas de dudosa verosimilitud.

Watts descubrió lo que, hasta cierto punto, sabemos: en redes cerradas, muy estructuradas, hay que dar muchos pasos para que un individuo de un círculo se encuentre con otro de otro círculo (“No me interesan las enciclopedias”). Ahora bien, tan pronto como se inyectaba en la Red una saludable dosis de caos, el número de pasos se reducía considerablemente (“Pasa y cuéntame tu vida”). La revelación más interesante se produjo cuando, al alcanzar una masa crítica intangible de caos, entonces la distancia, por expresarlo de alguna manera, se convertía prácticamente en vecindad. Por decirlo de una manera gráfica, todos los individuos de redes completas, complejas, se encontraban prácticamente al alcance de la mano. La red se globalizaba.

Aunque las redes humanas no se dejan examinar con la misma facilidad que proporcionan las simulaciones por ordenador, Watts seleccionó algunos ejemplos donde se confirmaron los resultados del laboratorio. La densidad de contactos, su carácter aleatorio, la simultaneidad en el acceso a la Red (cualquiera, desde cualquier punto), su interconexión con otras redes, incrementaban exponencialmente la probabilidad de encontrarnos y de producirse intercambios entre los usuarios. La red, como metáfora del mundo, efectivamente se convertía en un pañuelo, en realidad en un pañuelito. Lo notable, en esas circunstancias, era que los encuentros a todos los niveles no se produjeran.

Estos trabajos de Watts despejan una frontera importante para una surtida variedad de disciplinas que dependen del comportamiento de las redes. Los epidemiólogos, por ejemplo, están utilizando los resultados del científico para predecir, hasta donde es posible, la propagación de un virus, así como su velocidad y alcance. Una vez que se tiene un modelo, se puede comprobar su eficacia con casos de la vida real, como el Sida o el virus de Ebola. De esta manera se puede comprobar cómo el conocido dicho de que el aleteo de una mariposa en Japón produce un tornado en Florida es algo más que una bella metáfora. Un hecho insignificante en un punto puede convertirse en un fenómeno de enormes implicaciones si encuentra en su camino redes densas y aleatorias con gran poder de amplificación. Y esto vale tanto para la comunicación en red –Internet u otras modalidades-, como para el funcionamiento del cerebro, donde las interconexiones entre las neuronas, su proximidad y densidad desempeñan un papel fundamental para mover y relacionar información.

Lo mismo puede aplicarse a una economía basada en redes, a la organización interna de una empresa, al funcionamiento de los mercados o a la acción de los habitantes de una red, sea cual sea esta acción. Watts señala algo que hemos destacado en numerosas ocasiones desde un punto de vista empírico al analizar Internet: la clave es comprender que las redes que empequeñecen nuestro mundo actúan sin centros organizativos y con interacciones globales. Cualquier individuo de una comunidad en red dotada de la suficiente dosis de azar puede acceder, en principio, a todos los individuos que la pueblan e interactuar con ellos. Y cuanto más cortas y locales son las conexiones, más ricos, extensos y de mayor cobertura son sus intercambios.

Es otra forma de expresar la relación entre lo global y lo local, y otra manera también de desmistificar la pretendida jerarquización de la Red a partir de diferentes parámetros, como la potencialidad económica de algunos de sus integrantes o su presunta capacidad para imponer pautas de conducta al conjunto de Internet. En realidad, habría que examinar a la Red desde otro punto de vista: lo importante es cada usuario siempre que retenga la posibilidad real de actuar en ella, porque esa acción la modificará. De ahí el valor enorme que tiene un factor que generalmente se deja de lado al “pensar” Internet: su crecimiento constante no añade simplemente cantidades en términos demográficos (lo que lleva a la ilusión de generar polos de atracción masificados), sino cualidades en términos de comportamiento. Por eso lo válido en un momento varía constantemente porque a cada segundo ingresan en la Red miles de mariposas cuyo aleteo producen revuelos incontrolables. O sea, la misma unidad de información cambia a partir de un factor externo a ella, como es el del número de personas que interactúan con ella.

Otra implicación de los trabajos de Watts ya forma parte de la cultura de la Red. El modelo de organización social jerárquica que ha prevalecido hasta ahora está destinado a darse de bruces con el que emerge a partir de la lógica virtual, la que pertenece a un mundo de redes organizadas por ordenadores interconectados en una arquitectura abierta, donde ninguno de ellos es más importante que ninguno de los demás. Las redes jerárquicas, donde impera el clásico “ordeno y mando”, son cerradas, rígidas, impiden las interconexiones, no favorecen la multiplicidad de los encuentros y se guían por el prejuicio de lo mayor y lo menor, lo importante y lo insignificante. Pierden por tanto la riqueza específica de la globalización y despilfarran el valor añadido de los intercambios entre quienes hasta ahora ni siquiera se habían visto la cara pero tienen mucho que contarse, mucha experiencia que aportar al conjunto de la Red, que es donde lógicamente hoy hay premio.

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