Redes de conocimiento

El ataque de los zombis

Luís Ángel Fernández Hermana - @luisangelfh
1 Junio, 2016

Digo refundar (no desenfundar) porque, en realidad, a eso nos hemos dedicado desde que nos juntamos unos cuantos, unos poco antes y otros poco después, a partir de 1998. Desde entonces venimos investigando dónde está la frontera del canon, de lo que hay que hacer para diseñar y ejecutar proyectos avanzados, para que te financien y te entreguen el carnet de emprendedor con una iniciativa interesante bajo el brazo. Cuando tienes el canon bien prendido y sujeto, sabes, entre otras cosas, a qué contexto socio-económico corresponde, qué estructuras sociales, industriales y virtuales lo sustentan, sobre qué proceso histórico viene montado, etc. Entonces, ¡zás!, estás en condiciones de pasar al otro lado de los confines conocidos y convertirte en una especie de refugiado de la innovación.

A partir de ahí, “puedes”  innovar incluso sin necesidad de proclamarlo, ni presumir de ello. En realidad, lo más seguro es que ni te enteres muy bien de que lo que estás haciendo es algo completamente nuevo. Nos sucedió a nosotros en su momento, fundamentalmente porque paríamos una serie de bichitos en el paraíso digital a los que todavía no se les había puesto nombre: redes sociales virtuales de conocimiento,  innovación social mediante redes de conocimiento, o algunas de esas denominaciones tan de moda actualmente con lenguaje aparatoso. Nos sucedió y sigue sucediendo.

Si damos el salto, si pasamos al otro lado, ya no da tiempo a mirar hacia a atrás, la ola empuja y arrastra a quienes vienen a ver de qué se trata, a quienes, cuando descubren que hay otras formas de debatir, de hacerlo con contextos imprescindibles que elevan el tono por encima de la media, entonces se apoderan de los proyectos, de los materiales que ellos mismos producen, de las relaciones que establecen con gente que no conocen, con la que nunca han hablado, con la que nunca sospecharían que tenían algo significativo que decirse e intercambiar en beneficio mutuo y de muchos otros de quienes siquiera sabían de su existencia, con quienes no volverán a encontrarse una vez conseguido lo que les había convertido en una fructífera comunidad virtual de conocimiento.

En otras palabras: sin saberlo ni mamarlo, sin necesidad del oropel de las metáforas o del lenguaje dorado del marketing, resulta que los miembros de estas redes de conocimiento han impulsado procesos de innovación social no se sabe muy bien en beneficio de qué ni de quién, pero cuyos resultados son innegables, así como la forma de conseguirlos. Para decirlo con precisión, han alcanzado una visión de la parcela del mundo en la que viven que les permitirá, incluso, decidir cómo modificarla, si de eso se trata. Y, en la era de la Sociedad de la Información, del Conocimiento, o de la Innovación, qué importa la denominación que te ampara. Las redes de conocimiento son quizá la expresión más pulida y definitiva de la regla de oro de Internet: en la Red nadie sabe para quién trabaja, ni de dónde proceden las ideas y experiencias que permiten ir solucionando nuestro propio rompecabezas.

Cuando en Enredando.com (1996-2004) nos vimos ante una demanda que nos retó a pensar, a diseñar, a generar y gestionar un conocimiento que no estaba en ninguna parte, pero que era necesario para alcanzar los objetivos propuestos, nos encontramos con resultados insospechados a partir de una construcción virtual propia que denominamos en.medi@. No se conocían todavía las redes sociales de conocimiento, redes gestionadas que nos permitieron perfilar profesiones esenciales, así como sus conocimientos y sus actividades: moderadores, gestores de conocimiento en red, metodologías elaboradas en función de los objetivos que se querían conseguir, creación de contextos específicos, estructuras virtuales diseñadas y construidas para conseguir dichos objetivos, diseñadores capaces de organizar los flujos de información necesarios, etc.  

Pus bien, esto es, aproximadamente, lo que vamos a sacar de la tumba: qué hemos hecho durante los años en que estuvimos vivos, qué ha representado para una parte de la tropa conectada, cómo conseguimos poner patas arriba algunas concepciones con bichitos que todavía ni siquiera habían entrado en el paraíso para adquirir su nombre y sus propiedades (Dylan ¿dónde estabas, tío?). También vamos a analizar lo que existe hoy. Sin volvernos locos por lo maravilloso de sus promesas, por su capacidad estupenda para crear lenguaje y lo extraordinario que será el futuro gracias a ello. Reflexionaremos y trataremos de hacer evolucionar la casuística que nos encontremos por el camino y que apunte, con una cierta claridad, a procesos de innovación social. Indagaremos cómo son estos procesos, los proyectos que los promueven y la formación que nos permita desenvolvernos en ellos y aprovechar sus experiencias con otros fines.

Si lo tuviéramos que decir en una de esas píldoras que reclaman los inversores (“Cuénteme cómo, a qué costo y con quiénes va a cambiar usted el mundo ¡Pero en dos minutos, que hay mucha gente esperando!”), la pregunta significativa, que nos parece cada vez más trascendente, es la de siempre: ¿sirve para algo la historia, la historia de personas vivas o no, personas que no solo pueden testimoniar su paso por el prado tecnológico y virtual, sino también explicar qué y cómo lo cultivaron, qué se les quemó y se evaporó y, sobre todo, qué cosecharon y cuánto de esa cosecha forma parte de lo que hoy pretendemos hacer, no dentro de 30 años, sino ahora, aquí y en beneficio de nuestros conciudadanos? Porque, aunque no lo parezca, quienes araron esos campos virtuales, hoy, como ayer, lo vuelven a sembrar otra vez, en algún lado, oscuro, o no, retirado de las miradas de los demás, o no. O aprovechando lecciones y experiencias de tal manera que les convierten en subversivos, o no; o acatando el estado de las cosas, o no. 

Estas reflexiones nos empujaron en su momento a publicar como libro los 430 editoriales que vieron la luz en la revista electrónica en.red.ando durante sus 8 años de vida. Costó, pero finalmente, gracias a la Editorial de la UOC, aparecieron en tres volúmenes titulados: Historia Viva de Internet. Los años de en.red.ando (en adelante, HVI). Pero, ya sea en papel o en formato digital, son más de 1.600 páginas. Eso asusta a cualquiera, es un sopapo doloroso incluso para mi a pesar de que conozco el material. Una cosa es más de tres kilos de historia y otra la historia. Por otra parte, quienes siguieron aquella experiencia en inglés siguen pidiendo su propia ración de libros. No hay agente literario que se atreva a semejante aventura.

¿Solución? ¿No estamos hablando de innovación social? ¿No estamos hablando de historia viva? Pues resucitémosla. Prosigamos el debate de la innovación social a la luz de cómo esta parte de la historia de Internet se ha cocido a fuego lento en estos veloces 20 años.

 A partir del 7 de junio de 2016, publicaremos cada martes en Coladepez.com dos editoriales en castellano y dos en inglés de la desaparecida revista en.red.ando, con la fecha original de su publicación para disponer de la distancia justa entre los acontecimientos y las reflexiones que contienen. Cuando lleguemos al número 127, se unirán a esta fiesta dos editoriales en catalá. Y a partir del 341, otros dos en gallego. De esta manera, con el permiso de la autoridad competente y si el tiempo lo permite, en cuatro años habremos publicado de nuevo todos los editoriales de en.red.ando.

La historia de Internet, el debate sobre su evolución, el lugar que ocupamos actualmente y la naturaleza de las demandas que generamos, en lo que nos toca, estará más viva que nunca porque ahora somos muchísimos más, incomparablemente más ignorantes y sumergidos en ese líquido amniótico venenoso que trata de infundirnos un evangelio falso e inexistente: “Todos podemos hacer todo” y “Todos podemos hacer de todo”, que no es lo mismo pero cuyas consecuencias son fatales. 

Por experiencia propia sabemos que con las dosis necesarias de modestia,  dedicación, ganas de saber qué ha sucedido, una curiosidad tenaz y los sensores de la evolución encendidos, en otras palabras, los materiales de los que está hecha la historia, uno encuentra progresivamente los interlocutores apropiados, los retos de frontera, se descubren los debates fértiles, aparecen las conclusiones que buscábamos y, sobre todo, con la asistencia de gente preparada, todo ese magma se convierte en conocimiento operativo, es decir, aplicable a lo que aspiramos conseguir pero cuya solución nos parecía (y era) de una complejidad inabarcable. Lo sorprendente es cómo este camino se le abre también a otros que miraban hacia otra parte y les supone un beneficio inesperado.

Si no sabemos dónde estamos y por qué hacemos lo que hacemos, caeremos otra vez en una repetición estéril, tendremos que inventarnos el lugar y las acciones que emprendemos y, lo peor, si cabe, es que habrá que envolver todo en un lenguaje lleno de oropel, vacío, precioso, repleto de valores irrenunciables, diferentes cada vez, pero iguales. O sea, mucho marketing, poca reflexión y escaso contenido.

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