El Laboratorio del Talento

Luís Ángel Fernández Hermana - @luisangelfh
18 diciembre, 2018
Editorial: 264
Fecha de publicación original: 24 abril, 2001

El que anda con la miel algo se le pega

Esta semana pasada me ha tocado participar en un evento insólito, extraordinario y extraño: el 5º Congreso Internacional de Educación celebrado en Córdoba, Argentina, del 18 al 22 de abril. Insólito por el nutrido cartel de conferenciantes, 18 en total, encabezado por predictores como Alvin Toffler, filósofos como Fernando Savater, emprendedores como Muhammad Yunus, director del Grameen Bank, expertos en “inteligencia compartida” como Derrik de Kerckhove, o músicos experimentales como Stephen Nachmanovitch. Con sólo un par de ellos se habría montado una conferencia en Europa durante tres días y armado un revuelo en periódicos y televisión durante una semana. Extraordinario porque asistieron más de 4.600 docentes de todo el país (el 80% mujeres), que llenaron día y tarde un enorme hangar del Complejo Pajas Blancas de Córdoba, donde cabían fácilmente tres o cuatro Jumbos aparcados en batería, para escuchar a los conferenciantes. Al mismo tiempo, en numerosas carpas se desarrollaban decenas de talleres dirigidos por maestros, expertos, investigadores y técnicos, nacionales o extranjeros, donde se trabajó sobre un amplio abanico de temas que preocupa al mundo de la educación. Y extraño porque no había forma de encontrar a un periodista. Los medios de comunicación de Argentina apenas se hicieron eco de este monumental congreso y de los debates que allí se sucedieron y que, sin duda, marcarán con una profunda huella la evolución de la educación en el país y de muchos debates relacionados con la Sociedad del Conocimiento.

Argentina está pasando por unos momentos delicados (“ya es casi una época entera”, como apuntaba un maestro). El cambio en la orientación económica imprimido por el nuevo ministro de economía Domingo Cavallo ha creado una considerable incertidumbre entre la población. El descenso de la producción y la productividad, la casi nula creación de empleo, el largo invierno salarial y, en suma, una recesión económica alimentada en gran parte por una deuda externa de más de 150.000 millones de dólares, han creado lo que medios y analistas llaman una situación de desesperanza de complicado tratamiento terapéutico, por más que hablemos de un país con exceso de producción de psicoanalistas. Y esto se nota al conversar con la gente, que inmediatamente expresa las oscuras perspectivas personales y generales de Argentina.

Y si hay un sector particularmente castigado en este sentido, es el de la educación. La falta de recursos, los salarios bajos, la sensación de abandono por parte de la administración y un largo período de autoestima severamente castigada por el descenso de la reputación social del personal docente, ha conspirado contra un despliegue del sistema educativo que aproveche las inherentes potencialidades del país, por una parte, junto con las enormes posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías informacionales aplicadas a la educación. Las promesas de conectar escuelas y dotarlas de equipamiento aparecen a veces como un sarcasmo ante la dificultad, por ejemplo, de conseguir tiza.

En este contexto, el contenido del congreso de Córdoba fue también, a la vez, insólito, extraordinario y extraño. La concurrencia logró remontarse por encima de sus dificultades particulares y generales para crear un clima que no había observado en ninguna reunión de este tipo anteriormente. Espoleados por su energía, por su más que evidente deseo de superar los escollos fueran del tamaño que fueran, los conferenciantes ofrecieron un tapiz singular, único, de la situación actual en numerosos campos del conocimiento, tradicionales o nuevos, de los cambios que se están operando, de las diferentes velocidades de la tecnología y de la mente y, por tanto, de la naturaleza de las trabas culturales que impiden renovar las organizaciones, reasignar recursos de acuerdo a los nuevos horizontes y prepararse adecuadamente para afrontar desafíos que no vendrán en el futuro sino que ya están aquí.

Así, se examinaron los últimos desarrollos de la filosofía, las teorías del caos y la complejidad, el contraste entre las tradicionales y las nuevas metodologías de educar, el impacto de la educación en red, la tensión entre la palabra y los códigos audiovisuales, los mundos que palpitan en el entorno radioeléctrico, la importancia de la palabra en un mundo que fluye hacia lo audiovisual, el papel de la literatura y el arte en los nuevos emprendimientos, la dialéctica entre la pasión y la provocación en el acto de innovar, el valor de la autoexploración para generar ideas rompedoras, o la rabiosa importancia de la conversación para disolver los mundos estancos. Cada una de estas conferencias fueron atendidas, por lo bajo, por más de 2.000 personas dispuestas a encontrar las formas de relacionarse con ideas y experiencias a pesar de venir envueltas, muchas veces, en instrumentos tecnológicos de difícil acceso. Algo de esto sucedió con mi conferencia sobre “Educación enredada”, pues a pesar de que menos del 10% de los asistentes tenían conexión a Internet, se quedaron con el estribillo de cómo trabajar para crear redes para la educación, se tenga o no un ordenador conectado.

¿Quién está tras un evento de esta envergadura? Hugo Diamante, cultivador de rarezas y mente hambrienta en aprendizaje, según reza su tarjeta. Este joven catamarqueño dirige una de las iniciativas más innovadoras en todo el área del castellano: el Talent Lab, el laboratorio para el talento humano. Tras haber organizado los anteriores congresos de educación en Catamarca, una de las provincias más pobres de Argentina, Diamante vio que el de este año podía desbordar las previsiones más ambiciosas, como así fue, y decidió trasladarlo a Córdoba, al centro del país. Esto le permitió organizar al mismo tiempo el primer encuentro Talent Lab para 300 empresarios, quienes tuvieron la oportunidad de departir y escuchar a muchos de los conferenciantes del congreso de educación.

Lo que sucedió en Córdoba es una clara demostración de que las redes cambian los parámetros de la cultura como la hemos entendido hasta ahora. Ni EEUU ni Europa serían capaces en estos momentos de organizar un acto de esta envergadura y con contenidos tan inteligentemente seleccionados, destinados a impactar sobre las emociones de colectivos enteros que se saben baqueteados por cambios que no siempre se comprenden, no se sabe bien de donde proceden, ni adónde nos llevan. Aunque los medios de comunicación dijeran poco o nada de la reunión de Córdoba, sin duda tuvimos el privilegio de asistir a uno de esos encuentros destinados a reconfigurar el mapa de la organización social a partir de una aproximación diferente a la generación del conocimiento y a la elaboración de discursos que rompan con los ejes más rancios de nuestras concepciones actuales.

El encuentro de Córdoba se inscribe directamente en el debate sobre la “división digital”, la diferencia entre ricos y pobres y las posibilidades del Tercer Mundo en la sociedad de redes. Frente a los que levantan la barrera ideológica del dinero como la línea divisoria del mundo, aparece gente como Hugo Diamante que coloca el dedo en la llaga para recuperar el valor organizador y dinamizador de la innovación social, de las ideas arropadas con la pasión, las emociones y la percepción del yo y del otro en redes comunitarias que atraviesan y disuelven las viejas parcelas del conocimiento y el estatus social. Como el Talent Lab, cuya red comienza a proyectar su refrescante sombra desde su pequeña oficina en Catamarca hacia los principales centros de investigación y decisión de América Latina, EEUU, Canadá, Europa y parte de Asia. Diamante evidentemente no cree en la predestinación. No le convence nada eso de que los países periféricos de la sociedad industrial tienen que jugar por fuerza el mismo papel en la Sociedad del Conocimiento. Y, como tantos otros, está dispuesto a demostrar la falacia de esta idea que goza de tanto éxito entre la clase biempensante, ya sea de países ricos o en desarrollo. El 5º Congreso Internacional de la Educación fue un paso en esta dirección.

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